sábado 1 de febrero de 2003

*
La muerte de Séneca.
Heiner Müller

¿Qué pensó Séneca y no dijo cuando el capitán de la guardia personal de Nerón, en silencio, sacó el veredicto de muerte de la coraza torácica lacrado por el alumno para el profesor?
A escribir y a lacrar había aprendido y a despreciar todas las muertes salvo la propia.
Reglas de oro de todo arte de Estado.
¿Qué pensó Séneca y no dijo, cuando les prohibió el llanto a las visitas y a los esclavos que habían compartido su última comida con él?
Los esclavos sentados al final de la mesa.
Las lágrimas no son filosóficas.
Lo fatal debe ser aceptado.
Y en cuanto a ese Nerón que había asesinado a su madre y a sus hermanos ¿porqué debía hacer una excepción con su maestro?
¿Porqué desistir de la sangre del filósofo
que no le había enseñado a derramar sangre?
Y cuando hizo que le cortaran las venas primero en los brazos,
y a su esposa, que no quiso sobrevivir a su muerte,
y probablemente fue un esclavo quien lo hizo,
-también la espada que Bruto hizo caer sobre sí mismo
al final de su esperanza republicana
tuvo que ser sostenida por un esclavo.
¿Qué pensó Séneca y no dijo, cuando la sangre fue dejando su cuerpo demasiado viejo
de manera demasiado lenta y el esclavo obediente
le abrió también a golpes las venas de las piernas y los huecos poplíteos.
Murmullos con cuerdas vocales resecas.
Mis dolores son mi propiedad. Lleven a mi mujer a la pieza contigua. Que mi secretario venga a verme.
La mano ya no pudo sostener la pizarra para escribir,
pero el cerebro seguía trabajando.
La máquina fabricaba palabras y frases, anotaba los dolores.
¿Qué pensó Séneca y no dijo, entre las letras de su último dictado, recostado en el sofá del filósofo?
¿Y, cuando vació la copa con el veneno de Atenas porque la muerte se hizo esperar aún,
y el veneno que había ayudado a muchos antes que él solamente logró escribir una nota al pie
en su cuerpo casi desprovisto de sangre, no un texto claro?
¿Qué pensó Séneca sin habla finalmente
cuando marchó hacia la muerte en el baño de vapor,
mientras el aire danzaba delante de sus ojos
la terraza oscurecida por el confuso aleteo
probablemente no de ángeles?
Tampoco la muerte es un ángel.
En el resplandor de las columnas, al reencontrarse
con la primera hierba que había visto en una pradera
cerca de Córdoba.
Más alta que cualquier árbol.

La muerte de Séneca.
Heiner Müller